El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Oh! Tampoco hay que exagerar —dijo Montecristo—; pues para evitar una falta, se caerÃa en la locura. No, se trata de determinar un simple plan de conducta; y para un hombre inteligente como usted, ese plan es tanto más fácil de adoptar, cuanto que es conforme a sus intereses; habrá que combatir, con testimonios y con honorables amistades, todo lo que su pasado de usted tenga de oscuro.
Andrea perdió visiblemente la compostura.
—Yo me ofrecerÃa gustosamente como fiador y avalista —dijo Montecristo—; pero tengo la costumbre moral de dudar de mis mejores amigos y la necesidad de buscar las dudas en los demás; asà que representarÃa un papel fuera de mi registro, como dicen los actores trágicos, y me arriesgarÃa a que me silbaran en escena, lo que es innecesario.
—Sin embargo, señor conde —dijo Andrea con audacia—, en consideración a lord Wilmore que me ha recomendado a usted…