El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Y bien —dijo negligentemente Montecristo—, hará usted lo que quiera, vizconde, pues es usted muy dueño, y eso le compete; pero, palabra, por el contrario, yo no dirÃa nada de todas esas aventuras, es una novela toda su historia, y esta sociedad, que adora las novelas encerradas entre dos tapas de papel amarillo, desconfÃa extrañamente de las que ve envueltas en pergamino viviente, aunque fuesen envueltas en oro como podrÃa serlo usted. Esa es la dificultad de la que me permitirÃa advertirle, señor vizconde: en cuanto contara usted a alguien su conmovedora historia, correrÃa por el gran mundo totalmente desnaturalizada. Usted se verÃa obligado a situarse en plan Antony, y el tiempo de los Antony está un poco pasado. Quizá tuviera usted éxito debido a la curiosidad, pero no a todo el mundo le gusta ser el centro de observación y la diana de comentarios. Eso le cansará, tal vez.
—Creo que tiene usted razón, señor conde —dijo el joven, palideciendo, muy a su pesar, bajo la inflexible mirada de Montecristo—; eso serÃa un grave inconveniente.