El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Señor —respondió el joven, recuperando su aplomo a medida que el conde hablaba—, tranquilÃcese sobre ese punto: los raptores que me alejaron de mi padre, y que, sin duda, tenÃan como meta venderme más tarde a él, como han hecho, calcularon que, para sacar un buen partido de mÃ, debÃan dejarme toda mi valÃa personal, e incluso aumentarla, si era posible; asà pues, he recibido una educación bastante buena, fui tratado por los ladrones de niños un poco como lo eran en Asia Menor los esclavos, cuyos amos los convertÃan en gramáticos, en médicos y en filósofos, para venderlos a mejor precio en Roma.
Montecristo sonrió con satisfacción; no esperaba tanto, por lo que parece, de Andrea Cavalcanti.
—Por otra parte —prosiguió el joven—, si hubiera en mà algún defecto de educación o de maneras del gran mundo, tendrÃan, supongo, la indulgencia de perdonármelo, en consideración a las desdichas que acompañaron mi nacimiento y prosiguieron en mi juventud.