El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Yo! Yo oà hablar de usted por primera vez a mi amigo Wilmore, el filántropo. Sé que le conoció a usted en una situación dificultosa, ignoro cuál, y no le haré ninguna pregunta: no soy curioso. Sus desdichas le interesaron, asà pues, usted era interesante. Me dijo que querÃa devolverle en la sociedad la posición perdida, que buscarÃa a su padre, que le encontrarÃa; le ha buscado, le ha encontrado, por lo que parece, pues está aquÃ; finalmente, me previno ayer de su llegada, dándome de nuevo algunas instrucciones relativas a su fortuna; eso es todo. Sé que es un excéntrico, mi amigo Wilmore, pero, al mismo tiempo, como es un hombre seguro, rico como una mina de oro, y que, en consecuencia, puede permitirse sus excentricidades sin que estas le arruinen, prometà seguir sus instrucciones. Ahora, señor, no se sienta herido por mi pregunta: puesto que me veré obligado a tutelarle un poco, desearÃa saber si las desdichas por las que ha pasado, desdichas independientes a su voluntad y que no disminuyen de ninguna manera la consideración en la que le tengo, si todo eso no le ha hecho un poco ajeno a esta sociedad en la que su fortuna y su nombre le llaman a desempeñar un gran papel.