El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Y los dos hombres se abrazaron, como se abraza en el teatro francés, es decir, pasando mutuamente la cabeza por encima del hombro del abrazado.
—¡Asà que henos aquà reunidos! —dijo Andrea.
—Henos aquà reunidos —repitió el mayor.
—¿Para no separarnos jamás?
—Creo que sÃ; creo, mi querido hijo, que usted contempla ahora Francia como su segunda patria.
—El hecho es que —dijo el joven— me sentirÃa desesperado si tuviera que dejar ParÃs.
—Y yo, comprenda, yo no sabrÃa vivir lejos de Lucca. Volveré, pues, a Italia tan pronto como pueda.
—Pero antes de partir, mi muy querido padre, me remitirá sin duda los papeles con los que me será más fácil constatar el linaje al que pertenezco.
—Sin ninguna duda, pues vengo expresamente para eso, y me costó mucho trabajo encontrarle para entregárselos, como para empezar de nuevo a buscarnos; eso me ocuparÃa la última parte de mi vida.
—¿Y esos papeles?
—Aquà están.