El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Andrea cogió con avidez la partida de matrimonio de su padre, su propio certificado de bautismo, y después de abrir todo, con la avidez natural de un buen hijo, recorrió con los ojos los dos documentos con una rapidez y una costumbre que denotaban la agudeza visual más certera al mismo tiempo que el interés más vivo.
Cuando terminó, una indefinible expresión de alegría brilló en su rostro, y mirando al mayor con una extraña sonrisa:
—¡Ah, vaya! —dijo en un toscano excelente—. ¿Es que no hay galeras en Italia?…
El mayor se sobresaltó.
—¿Por qué? —dijo.
—Puesto que se fabrican impunemente documentos semejantes. Por la mitad de esto, mi muy querido padre, en Francia se nos enviaría a tomar el aire a Toulon por cinco años.
—¿Cómo? —dijo el de Lucca intentando conseguir cierta majestuosidad.
—Mi querido señor Cavalcanti —dijo Andrea apretando el brazo del mayor—, ¿cuánto le dan por hacer de mi padre?
El mayor iba a hablar.