El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Chsss! —dijo Andrea bajando la voz—. Le voy a dar ejemplo de confianza; a mà me dan cincuenta mil francos al año por hacer de su hijo; en consecuencia, comprenderá usted bien que no soy yo quien esté dispuesto a negar que usted sea mi padre.
El mayor miró con inquietud alrededor.
—¡Eh! Tranquilo, estamos solos —dijo Andrea—; además, estamos hablando en italiano.
—Pues bien, a mà —dijo el luqués—, me dan cincuenta mil francos pagaderos de una sola vez.
—Señor Cavalcanti —dijo Andrea— ¿cree usted en los cuentos de hadas?
—No, antes no, pero ahora no tengo más remedio que creer.
—¿Ha recibido ya alguna prueba?
El mayor sacó de su bolsa un puñado de monedas de oro.
—Palpables, como usted ve.
—¿Cree usted, entonces, que puedo fiarme de las promesas que me han hecho?
—SÃ, lo creo.
—¿Y este buen hombre de conde las mantendrá?
—Punto por punto; pero, para llegar a la meta, tendremos que representar nuestro papel.
—¿Y cómo?…
—Yo de tierno padre…
—Yo de respetuoso hijo.