El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Adjunto le envÃo un bono de cincuenta mil libras pagaderas por el señor Ferrea, banquero de Niza, y una carta de presentación ante el conde de Montecristo, a quien he encargado que provea sus necesidades.
Simbad el Marino.
—¡Mmm! —dijo el mayor—. ¡Esto está muy bien!
—¿No es as�
—¿Ha visto usted al conde?
—Acabo de dejarle.
—¿Y lo ha ratificado?
—Todo.
—¿Y entiende usted algo?
—A fe mÃa que no.
—Para mà que hay un «primo» en todo esto.
—En todo caso, no es ni usted ni yo, ¿no?
—Ciertamente, no.
—¡Y bien, entonces…!
—Poco nos importa, ¿no es eso?
—Justamente, eso es lo que yo querÃa decir; vayamos hasta el final pero vayamos con tiento.
—De acuerdo; ya verá usted que soy digno de estar a su nivel.
—No lo dudé ni un solo instante, mi querido padre.
—Eso me honra, mi querido hijo.