El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Montecristo escogió este momento para entrar en el salón. Al oÃr el ruido de pasos, los dos hombres se echaron uno en brazos del otro; el conde les encontró abrazados.
—Y bien, señor marqués —dijo Montecristo—, parece que encontró usted a su hijo según el deseo de su corazón.
—¡Ah! Señor conde, me ahogo de alegrÃa.
—¿Y usted, joven?
—¡Ah! Señor conde, yo me ahogo de dicha.
—¡Feliz padre! ¡Feliz hijo! —dijo el conde.
—Sólo una cosa me entristece —dijo el mayor—; y es la necesidad que tengo de abandonar ParÃs tan pronto.
—¡Oh! Querido señor Cavalcanti —dijo Montecristo—, no se marchará usted, espero, sin que le presente antes a algunos amigos.
—Estoy a sus órdenes, señor conde —dijo el mayor.
—Ahora, veamos, joven, confiésese.
—¿A quién?
—Pues a su señor padre; dÃgale algunas palabras sobre el estado de sus finanzas.
—¡Ah! Diablos —dijo Andrea—, me toca usted ahà la cuerda sensible.
—¿Lo oye usted, mayor? —dijo Montecristo.
—Sin duda que lo oigo.