El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ, ¿pero, lo comprende?
—De maravilla.
—Dice que necesita dinero, su querido hijo.
—¿Y qué quiere usted que haga yo?
—Pues que se lo dé, ¡pardiez!
—¿Yo?
—SÃ, usted.
Montecristo pasó entre los dos hombres.
—¡Tenga! —dijo a Andrea, deslizándole un montón de billetes de banco.
—¿Qué es esto?
—La respuesta de su padre.
—¿De mi padre?
—SÃ. ¿No acaba usted de hacernos ver que necesitaba dinero?
—SÃ, pero…
—Pues que me encarga a mà que le dé esto.
—¿A cuenta de mi renta?
—No, para sus gastos de instalación.
—¡Oh! ¡Querido padre!
—Silencio —dijo Montecristo—, ya ve usted que no quiere que le diga que el dinero viene de él.
—Aprecio esa delicadeza —dijo Andrea, metiendo los billetes en el bolsillo del pantalón.
—Está bien —dijo Montecristo—, ahora, ¡ya pueden irse!