El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Y cuándo tendremos el honor de volver a ver al señor conde? —preguntó Cavalcanti.
—¡Ah! Sà —preguntó Andrea—, ¿cuándo tendremos ese honor?
—El sábado, si ustedes quieren…, sÃ, miren…, el sábado. Tengo varios invitados a cenar en mi casa de Auteuil, calle de la Fontaine, n.º 28, varias personas, entre otras, al señor Danglars, su banquero, se lo presentaré, tendrán ustedes que conocerse para que les entregue el dinero.
—¿De etiqueta? —preguntó a media voz el mayor.
—De gala: uniforme, medallas, pantalón corto y polainas.
—¿Y yo? —preguntó Andrea.
—¡Oh! Usted de una manera sencilla: pantalón negro, botas acharoladas, chaleco blanco, traje negro o azul, corbata larga; vaya a Blin o a Véronique para vestirse. Si no conoce las direcciones, Baptistin se las dará. Cuantas menos pretensiones ponga en su atuendo, puesto que es usted rico, mejor efecto causará. Si compra usted caballos, escójalos en Devedeux; si compra un faetón, vaya a ver a Baptiste.
—¿A qué hora podremos presentarnos? —preguntó el joven.
—Hacia las seis y media.