El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Ah! SÃ, es cierto, pues apenas tenemos diez minutos para estar juntos.
—¡Dios mÃo! —exclamó Maximilien consternado.
—SÃ, Maximilien, tiene usted razón —dijo con melancolÃa Valentine—, aquà tiene usted a una amiga bien triste. ¡Vaya vida que le hago pasar, pobre Maximilien, a usted, tan propio para ser feliz! Me lo reprocho amargamente, créame.
—Pues bien, no le importe, Valentine, si yo me siento feliz asÃ; si esta eterna espera me parece pagada con verla a usted cinco minutos, con dos palabras que salgan de su boca, y con la convicción profunda, eterna, de que Dios no ha podido crear dos corazones en tanta armonÃa como los nuestros, y los haya hecho encontrarse, casi milagrosamente, para separarlos después.
—Bueno, gracias, usted confÃa por los dos, Maximilien: eso me hace casi feliz.
—Entonces, ¿qué ocurre, Valentine, para que tenga que irse tan pronto?
—No sé; la señora de Villefort me rogó que pasara a verla para una comunicación de la que depende —me ha dicho—, parte de mi fortuna. ¡Eh! Dios mÃo, que se apropien de mi fortuna, si es que soy demasiado rica, y que después me dejen tranquila y libre; ¿usted me querrÃa aunque fuera pobre, no es asÃ, Morrel?