El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Maximilien, ya le he dicho que no soy amiga de Eugénie.
—¡Eh! ¡Dios mÃo! —dijo Morrel—. Aunque no sean amigas, las chicas se hacen confidencias; convenga conmigo en que seguro que le ha hecho usted algunas preguntas al respecto. ¡Ah! La veo sonreÃr.
—Si es asÃ, si usted me ve, Maximilien, no merece la pena que tengamos entre nosotros este parapeto de madera.
—Veamos, ¿qué le ha dicho?
—Me ha dicho que no querÃa a nadie —dijo Valentine—; que le horroriza el matrimonio; que su mayor alegrÃa serÃa llevar una vida libre e independiente, y que casi desearÃa que su padre perdiese su fortuna para hacerse artista como su amiga, la señorita Louise d’Armilly.
—¡Ah! ¡Lo ve!
—Y bien, ¿y eso qué demuestra? —preguntó Valentine.
—Nada —respondió sonriendo Maximilien.
—Entonces —dijo Valentine—, ¿por qué sonrÃe ahora usted?
—¡Ah! —dijo Maximilien—. Ya veo que usted también mira a través del parapeto, Valentine.
—¿Quiere usted que me vaya?
—¡Oh! ¡No! ¡No! ¡Ni hablar! Pero mejor volvamos a usted.