El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Qué buena es usted en todo, Valentine! Y realmente usted tiene algo que la señorita Danglars no tendrá nunca: ese encanto indefinido que es para la mujer lo que el perfume a la flor, lo que el sabor a las frutas; pues para una flor no todo consiste en ser hermosa, ni tampoco para la fruta.
—Es el amor que siente por mà lo que le hace ver las cosas de ese modo, Maximilien.
—No, Valentine, se lo juro. Mire, hace un momento las contemplaba a ustedes dos, y por mi honor, y aún haciendo justicia a la belleza de la señorita Danglars, yo no comprenderÃa que un hombre se enamorase de ella.
—Es lo que le decÃa, Maximilien; yo estaba allÃ, y mi presencia le hace a usted ser injusto.
—No, no…, pero, dÃgame… una pregunta de simple curiosidad y que emana de ciertas ideas que he concebido sobre la señorita Danglars.
—¡Oh! Aunque no sepa cuáles, seguro que son muy injustas. Cuando ustedes nos juzgan, a nosotras, pobres mujeres, no debemos esperar indulgencia.
—Y entre ustedes, ¡es que ustedes son muy justas las unas con las otras!
—Porque casi siempre hay pasión en nuestros juicios. Pero volvamos a su pregunta.
—¿Es porque quiere a otro por lo que la señorita Danglars teme su matrimonio con el señor de Morcerf?