El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Una vez tomadas todas las precauciones, corrió hacia la verja.

—Buenos días, Valentine —dijo una voz.

—Buenos días, Maximilien; le he hecho esperar, pero ya ha visto la causa.

—Sí, reconocí a la señorita Danglars; no creía que fuesen ustedes tan amigas.

—¿Y quién dice que seamos amigas, Maximilien?

—Nadie; pero me pareció que se desprendía de esa manera de darle el brazo, de esa manera de hablar; uno diría dos compañeras de internado haciéndose confidencias.

—En efecto, nos haciamos confidencias —dijo Valentine—; ella me confesaba su repugnancia por el matrimonio con el señor de Morcerf, y yo por mi parte, le confesaba que sentía como una desgracia el casarme con el señor d’Épinay.

—¡Querida Valentine!

—Por eso, amigo mío —continuó la joven—, usted vio esa apariencia de confianza entre Eugénie y yo; y es que, al hablar del hombre al que no amo, pensaba en el hombre al que amo.


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