El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El señor Noirtier de Villefort
Esto es lo que había ocurrido en la casa del fiscal del rey después de que la señora Danglars y su hija se marcharan, y durante la conversación que acabamos de relatar.
El señor de Villefort había entrado en las habitaciones de su padre, seguido de la señora de Villefort; en cuanto a Valentine, sabemos dónde estaba.
El matrimonio, después de saludar al anciano, después de hacer salir a Barrois, el viejo criado que llevaba más de veinticinco años a su servicio, se sentó a ambos lados del abuelo.
El señor Noirtier, sentado en su gran sillón de ruedas, en el que lo colocaban por la mañana y de donde le sacaban por la noche, situado delante de un espejo en el que se reflejaba toda la estancia, permitiéndole ver, sin ni siquiera intentar un movimiento, que sería imposible, a todo el que entraba y salía de la habitación, y todo lo que hacían a su alrededor. El señor Noirtier, inmóvil como un cadáver, miraba con ojos inteligentes y vivos a sus hijos, cuya ceremoniosa reverencia le anunciaba alguna gestión oficial inesperada.