El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo LX

El telégrafo

El señor y la señora de Villefort fueron informados, al regresar a su casa, de que el señor conde de Montecristo, que había venido para hacerles una visita, había sido introducido al salón, donde les esperaba. La señora de Villefort, demasiado alterada como para entrar así de golpe, pasó por el dormitorio, mientras que el fiscal del rey, más seguro de sí mismo, se dirigió directamente al salón.

Pero, por muy dueño de sí mismo que fuera, aunque pudo recomponer los rasgos del rostro, el señor de Villefort no pudo apartar la nube de su frente tan fácilmente como para que el conde, cuya sonrisa brillaba radiante, no observase ese aire sombrío y preocupado.

—¡Oh! ¡Dios mío! —dijo Montecristo tras los primeros cumplidos—. ¿Qué le ocurre, señor de Villefort? ¿Es que he llegado en el momento en el que redactaba alguna acusación demasiado capital?

Villefort intentó una sonrisa.

—No, señor conde —dijo—, aquí la única víctima soy yo. Soy yo quien pierde el proceso, y son el azar, la testarudez y la locura los que lanzan la acusación.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Montecristo con un interés que parecía perfectamente real—. ¿Es que le ha sucedido algo realmente grave?


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