El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo LXIV

El mendigo

Avanzaba la velada; la señora de Villefort había manifestado el deseo de volver a París, lo que no se había atrevido a insinuar la señora Danglars, a pesar del manifiesto malestar que sentía.

A la petición de su esposa, el señor de Villefort dio, pues, la primera señal de partir. Ofreció un asiento en su landó a la señora Danglars, para que pudiera recibir los cuidados de su mujer. En cuanto al señor Danglars, absorto en una conversación industrial de lo más interesante con el señor Cavalcanti, no prestaba ninguna atención a lo que ocurría.

Montecristo, a la vez que pedía el frasco a la señora de Villefort, había observado que el señor de Villefort se había acercado a la señora Danglars; y guiado por su situación había adivinado lo que le había dicho, aunque hubiese hablado en voz tan baja que apenas si la misma señora Danglars había podido oírlo.

Dejó, sin oponerse a ningún arreglo, que marcharan Morrel, Debray y Château-Renaud a caballo, y que subieran las dos damas en el landó del señor de Villefort; por su parte, Danglars, cada vez más encantado con Cavalcanti padre, le invitó a subir con él en su cupé.


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