El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo En cuanto a Andrea Cavalcanti, cogió su tílburi, que le esperaba delante de la puerta, y cuyo groom, que exageraba los encantos de la fashion inglesa, sujetaba, alzándose sobre la punta de sus botas, el enorme caballo pardo oscuro.
Andrea no había hablado mucho durante la cena, pues se trataba de un muchacho muy inteligente y que naturalmente temía decir alguna tontería en medio de todos esos comensales ricos y poderosos, entre los que su dilatada pupila veía, no sin temor, a un fiscal del reino.
Después, se había visto acaparado por el señor Danglars, que, tras una rápida ojeada al viejo mayor con su cuello rígido y a su hijo, todavía un poco tímido, añadiendo a ello todas esas muestras de la hospitalidad de Montecristo, había pensado que estaba tratando con algún nabab que había venido a París para que su hijo único se perfeccionase en la vida mundana.