El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Cogió el sombrero de Andrea, la hopalanda con un gran cuello que el groom expulsado del tílburi había dejado en su sitio, y se la puso sobre los hombros, después de lo cual adquirió la pose medio refunfuñona del criado de buena casa cuyo amo conduce él mismo.

—Y yo —dijo Andrea—, ¿yo me voy a quedar con la cabeza descubierta?

—¡Uf! —dijo Caderousse—. Hace tanto aire que bien puede haberte llevado el sombrero un golpe de viento.

—Vamos —dijo Andrea—, y acabemos de una vez.

—¿Y quién te dice que no? —dijo Caderousse—. No es por mi culpa, espero.

—¡Chsss! —dijo el joven Cavalcanti.

Cruzaron la puerta de la ciudad sin problemas.

En la primera calle transversal, Andrea detuvo el caballo y Caderousse saltó a tierra.

—Y bien —dijo Andrea—, ¿y la capa de mi criado? ¿Y mi sombrero?

—¡Ah! —respondió Caderousse—. No querrás que coja un catarro.

—¿Yo?

—Tú, tú eres joven, mientras que yo, yo empiezo a hacerme viejo; ¡hasta la vista, Benedetto!

Y se marchó por la callejuela, en la que desapareció.


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