El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Andrea frunció el ceño; era, como él mismo se vanagloriaba a veces, una muy mala cabeza, este hijo putativo del mayor Cavalcanti. Se paró un instante, echó una ojeada rápida alrededor, y como su mirada terminase de describir el círculo investigador, metió inocentemente la mano en el bolso, y comenzó a acariciar la funda protectora de una pistola de bolsillo.
Pero, al mismo tiempo, Caderousse, que no quitaba ojo a su compadre, pasaba las manos por detrás, a su espalda, y abría lentamente una larga navaja española que llevaba consigo para cualquier eventualidad.
Los dos amigos, como se ve, eran dignos de entenderse y se entendieron; la mano de Andrea salió inofensiva de su bolsillo, y subió hasta el bigote pelirrojo, atusándoselo unos momentos.
—Bueno, Caderousse —dijo—, ¿estarás contento?
—Haré todo lo que pueda —respondió el antiguo posadero del puente del Gard, ocultando la navaja en la manga.
—Vamos a ver, veamos, volvamos entonces a París. ¿Pero, cómo vamos a hacer para que pases la barrera sin despertar sospechas? Me parece que con el atuendo que llevas corres más riesgo en coche que a pie.
—Espera —dijo Caderousse—, vas a ver.