El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Bueno, está muy bien! Si quieres llevar a cabo ese proyecto, y portarte bien, todo irá de maravilla.
—¡Vaya, señor Bossuet…! Y tú, ¿qué vas a ser…? ¿Par de Francia?
—¡Eh!, ¡eh! ¿Quién sabe?
—El mayor Cavalcanti quizá lo sea…, pero, desgraciadamente, abolieron la herencia.
—¡Nada de polÃtica, Caderousse…! Y ahora que tienes lo que quieres, y que ya hemos llegado, salta de mi coche y desaparece.
—¡Ni hablar, querido amigo!
—¿Cómo que ni hablar?
—Pero, piensa un poco, pequeño, un pañuelo rojo en la cabeza, casi sin zapatos, ninguna documentación, y diez napoleones de oro en los bolsillos, sin contar lo que ya tenÃa, lo que hace exactamente doscientos francos: ¡pues me detendrÃan indefectiblemente en la barrera! Entonces, para justificarme, me verÃa obligado a decir que tú me has dado esos diez napoleones; habrÃa informaciones, investigaciones; se sabrÃa que dejé Toulon sin permiso, y me verÃa conducido de brigada en brigada hasta orillas del Mediterráneo. Me convierto, pura y simplemente en el n.º 106, y ¡adiós mi sueño de parecerme a un panadero retirado! No, no, hijo mÃo; prefiero quedarme honorablemente en la capital.