El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Mayor Cavalcanti.
—¿Y está contento contigo?
—Hasta ahora, parece que sÃ.
—¿Y quién te lo ha encontrado, a ese buen padre?
—El conde de Montecristo.
—¿Y salÃas de la casa de ese conde?
—SÃ.
—Oye, mira, trata de colocarme con él como algún pariente tuyo, puesto que tiene despacho abierto.
—De acuerdo, le hablaré de ti; pero, mientras tanto, ¿qué vas a hacer?
—¿Yo?
—SÃ, tú.
—Eres muy amable preocupándote por eso —dijo Caderousse.
—Hombre, me parece que, puesto que te interesas por mà —repuso Andrea—, bien puedo yo también preguntarte algo.
—Es justo…, voy a alquilar una habitación en una casa decente, vestirme con ropa decente, que me afeiten a diario, e ir a leer los periódicos al café. Por la tarde, entraré en algún espectáculo con un jefe de claque, y pareceré un panadero retirado: ese es mi sueño.