El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Con…?
—Ciento cincuenta francos, me sentirÃa feliz.
—Toma doscientos —dijo Andrea.
Y puso en la mano de Caderousse diez luises de oro.
—Bueno —dijo Caderousse.
—Preséntate en mi porterÃa cada primero de mes y encontrarás otro tanto.
—¡Vamos! ¡Otra vez me humillas!
—¿Pero, cómo que te humillo?
—Me pones al mismo nivel de toda tu «lacayerÃa»; no, lo que quieres es que no tenga ningún contacto contigo.
—Bueno, de acuerdo, todos los meses, mientras yo reciba mi renta, tú recibirás la tuya.
—¡Vamos, vamos! Ya veo que estaba equivocado contigo, mi buen muchacho, es una bendición cuando la dicha llega a gente como tú. Veamos, cuéntame esa buena suerte.
—¿Es que necesitas saber algo? —preguntó el joven Cavalcanti.
—¡Bueno! ¡Otra vez la desconfianza!
—No. Pues bien, que he encontrado a mi padre.
—¿Un verdadero padre?
—¡Hombre! Mientras pague…
—Creerás y le honrarás; está bien. ¿Y cómo se llama ese padre tuyo?