El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Vaya! Ahora me desprecias, pequeño; pues te equivocas; ahora que te he encontrado, nada me impide ir vestido de lana de Elbeuf como cualquier otro, dado que sé que tienes buen corazón: si tienes dos trajes, me darás uno; yo te di mi parte de la sopa y de las judÃas, cuando tenÃas demasiada hambre.
—Es cierto —dijo Andrea.
—¡Vaya un apetito que tenÃas! ¿Sigues teniendo tanto apetito?
—Pues sà —dijo Andrea riendo.
—¡Cómo habrás cenado en casa de ese prÃncipe de donde salÃas!
—No es un prÃncipe, sino simplemente un conde.
—¿Un conde? Y rico, ¿eh?
—SÃ, pero no te fÃes; es un señor que no tiene cara de buenos amigos.
—¡Oh! ¡Dios mÃo! ¡Estate tranquilo! No tengo ningún proyecto sobre tu conde, te lo dejo para ti solo. Pero, en fin —añadió Caderousse, retomando su malsana sonrisa que habÃa aflorado ya en sus labios—, habrá que dar algo por eso, ¿comprendes?
—Veamos, ¿qué necesitas?
—Creo que con cien francos al mes…
—¿Y bien?
—VivirÃa…
—¿Con cien francos?
—Mal, comprende; pero con…