El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Ya no me tuteas, eso está mal, Benedetto, a mÃ, a tu antiguo colega; cuidado, me vas a hacer exigente.
Esa amenaza hizo bajar la cólera del joven: el viento de la coacción acababa de soplarle encima.
Puso el caballo al trote.
—Es malo para ti, Caderousse —dijo—, emprenderla asà con un antiguo colega, como decÃas; tú eres marsellés, yo soy…
—¿Es que sabes lo que eres, ahora?
—No, pero me crié en Córcega; tú eres viejo y testarudo; yo soy joven y testarudo. Entre gente como nosotros, la amenaza es mala, debemos hacer las cosas por las buenas. ¿Es culpa mÃa si la suerte sigue siendo mala para ti y, por el contrario, ahora es buena para mÃ?
—¿Asà que ahora es buena, tu suerte? ¿No es entonces un groom prestado, un tÃlburi prestado, ni todo este atuendo prestado, lo que tenemos aquÃ? ¡Bueno! ¡Pues tanto mejor! —dijo Caderousse con los ojos brillantes de codicia.
—¡Oh! Bien lo has visto y bien lo sabes, puesto que me abordas —dijo Andrea animándose cada vez más—. Si yo llevara un pañuelo como el tuyo a la cabeza, un blusón grasiento sobre los hombros y zapatos llenos de agujeros en los pies, no me reconocerÃas.