El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Y?, ¿y?
—¡Paciencia, cernÃcalo!
—¡Paciencia! Ya tengo paciencia; veamos, acabe de una vez.
—Y mira por donde te veo cruzar la puerta de Bons-Hommes, con tu groom, tu tÃlburi, tu traje todo nuevo; ¡pero, bueno! ¿Es que has descubierto una mina, o has comprado un cargo de agente de cambio?
—Asà que lo confiesa: ¿está celoso?
—No, estoy contento, ¡tan contento que he querido mostrarte mis respetos, pequeño! Pero, como no estaba vestido adecuadamente, tomé mis precauciones para no comprometerte.
—¡Pues vaya unas precauciones! —dijo Andrea—. Me aborda delante de mi criado.
—¡Eh! ¿Qué quieres, hijo? Te abordo cuando puedo pillarte. Tienes un caballo demasiado fogoso, un tÃlburi demasiado ligero; eres de natural escurridizo como una anguila; si no te hubiera pescado hoy, corrÃa el riesgo de no volverte a pillar.
—Pues ya ve que no me escondo.
—Pues vaya suerte que tienes; ya me gustarÃa a mà decir lo mismo; yo, yo sà que me escondo; sin contar con que temÃa que no me reconocieses: pero me reconociste —añadió Caderousse con su malsana sonrisa—; ¡vaya! Eres muy amable.
—Veamos —dijo Andrea—, ¿qué necesita?