El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Una vez que estuvieron fuera de Auteuil, Andrea miró alrededor, sin duda para asegurarse de que nadie podía ni verlos ni oírlos; y entonces, parando al caballo y cruzándose de brazos delante del hombre del pañuelo rojo:

—¡Ah, vaya! ¿Por qué viene aquí a turbar mi tranquilidad?

—Y tú, muchacho, ¿por qué desconfías de mí?

—¿Cuándo he desconfiado de usted?

—¿Cuándo? ¿Y me lo preguntas? Nos separamos en el puente del Var, me dices que vas al Piamonte y a la Toscana; y en absoluto, vas, y te vienes a París.

—¿Y a usted en qué le molesta?

—En nada; al contrario, incluso espero que eso me sirva.

—¡Ah!, ¡ah! —dijo Andrea—. Es decir, que piensa especular a mi costa.

—¡Vamos! Eso son palabras mayores.

—Pues se equivoca conmigo, maese Caderousse, se lo advierto.

—¡Eh! ¡Dios mío! No te enfades, pequeño; tú debes saber bien lo que es la desgracia; pues bien, la desgracia, eso le hace a uno envidioso. Te hago por ahí, correteando por el Piamonte y la Toscana, viéndote obligado a hacerte faccino o cicerone; te compadezco desde lo más profundo de mi corazón, como compadecería a mi hijo. Sabes que siempre te he llamado hijo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker