El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Una vez que estuvieron fuera de Auteuil, Andrea miró alrededor, sin duda para asegurarse de que nadie podÃa ni verlos ni oÃrlos; y entonces, parando al caballo y cruzándose de brazos delante del hombre del pañuelo rojo:
—¡Ah, vaya! ¿Por qué viene aquà a turbar mi tranquilidad?
—Y tú, muchacho, ¿por qué desconfÃas de mÃ?
—¿Cuándo he desconfiado de usted?
—¿Cuándo? ¿Y me lo preguntas? Nos separamos en el puente del Var, me dices que vas al Piamonte y a la Toscana; y en absoluto, vas, y te vienes a ParÃs.
—¿Y a usted en qué le molesta?
—En nada; al contrario, incluso espero que eso me sirva.
—¡Ah!, ¡ah! —dijo Andrea—. Es decir, que piensa especular a mi costa.
—¡Vamos! Eso son palabras mayores.
—Pues se equivoca conmigo, maese Caderousse, se lo advierto.
—¡Eh! ¡Dios mÃo! No te enfades, pequeño; tú debes saber bien lo que es la desgracia; pues bien, la desgracia, eso le hace a uno envidioso. Te hago por ahÃ, correteando por el Piamonte y la Toscana, viéndote obligado a hacerte faccino o cicerone; te compadezco desde lo más profundo de mi corazón, como compadecerÃa a mi hijo. Sabes que siempre te he llamado hijo.