El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Efectivamente, yo encargué a este hombre un recado del que tiene que darme cuenta. Vaya a pie hasta la barrera; allÃ, cogerá usted un cabriolé para que no se retrase demasiado.
El criado, sorprendido, se alejó.
—Déjeme, al menos, llegar a una zona más oscura —dijo Andrea.
—¡Oh! En cuanto a eso, yo mismo te llevaré al mejor lugar; espera —dijo el hombre del pañuelo rojo.
Entonces, cogió al caballo por el bocado y condujo el tÃlburi hasta un lugar en el que efectivamente era imposible de que alguien en el mundo pudiese ver el honor que le acordaba Andrea.
—¡Oh! ¡Yo! —le dijo—, no es por orgullo por lo que quiero subir a tu coche; es solamente porque estoy cansado, y además, un poco, por hablar de negocios contigo.
—Veamos, suba —dijo el joven.
Era una pena que no fuera de dÃa, pues hubiera sido un espectáculo curioso ver a ese harapiento sentado junto al elegante joven que guiaba el tÃlburi.
Andrea llevó al caballo hasta la última casa del pueblo sin decir ni una palabra a su compañero, que, por su parte, sonreÃa y guardaba silencio como si se sintiera encantado de viajar en un vehÃculo tan elegante.