El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Yo no mendigo, mi guapo muchachito —dijo el hombre desconocido al criado con una sonrisa irónica y tan aterradora que este se apartó—; solamente deseo decir dos palabras a su burgués, que me encargó un recado hace quince días más o menos.

—Veamos —dijo a su vez Andrea con la suficiente fuerza como para que el lacayo no se diera cuenta del miedo que sentía—, ¿qué quiere usted? Deprisa, amigo mío.

—Quisiera…, quisiera… —dijo en voz baja el hombre del pañuelo rojo—, que tuviera a bien ahorrarme el regreso a París a pie. Estoy muy cansado, y como no he cenado tan bien como tú, apenas si puedo mantenerme en pie.

El joven se sobresaltó ante esa extraña familiaridad.

—Pero, en fin —le dijo—, veamos, ¿qué quiere usted?

—Pues bien, quiero que me dejes subir a tu hermoso coche, y que me lleves a París.

Andrea palideció pero no dijo nada.

—¡Oh! Dios mío, sí —dijo el hombre del pañuelo rojo metiéndose las manos en los bolsillos y mirando al joven provocativamente—, es una idea que se me ha ocurrido, ¿me oyes, mi querido Benedetto?

Al oír su nombre el joven reflexionó sin duda, pues se acercó a su groom, y le dijo:


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