El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Pero no era ni el uno ni el otro, y en su lugar se encontró con una cara desconocida, quemada por el sol, encuadrada en una barba de pega, unos ojos brillantes como carbúnculos y una burlona sonrisa dilatándose en una boca en la que brillaban, colocados en su sitio y sin que le faltase ni uno solo, treinta y dos blancos dientes, afilados y hambrientos como los de un lobo o un chacal.

Un pañuelo de cuadros rojos cubría esa cabeza de pelo grisáceo y terroso; un blusón de lo más grasiento y roto en desgarrones cubría un corpachón delgado y huesudo, del que parecía que los huesos, como la osamenta de un esqueleto, iban a crujir al andar. Finalmente, la mano que se apoyó en su hombro, y que fue lo primero que vio el joven, le pareció de una dimensión gigantesca. ¿Reconoció Andrea esa cara a la luz de la linterna de su tílburi, o solamente le asustó el horrible aspecto de su interlocutor? No sabríamos decirlo, pero el hecho es que se sobresaltó y se echó hacia atrás rápidamente.

—¿Qué quiere de mí? —dijo.

—¡Perdón, querido burgués! —respondió el hombre llevándose la mano al pañuelo rojo—. Quizá le moleste, pero tengo que hablar con usted.

—Está prohibido mendigar de noche —dijo el groom, haciendo un movimiento para librar a su amo de ese inoportuno.


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