El Conde de Montecristo

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El mayor había pues subido al coche de Danglars, y el banquero se había sentado a su lado, cada vez más encantado de las ideas de orden y de economía de este hombre, quien, sin embargo, daba a su hijo cincuenta mil francos al año, lo que suponía una fortuna de cinco o seis mil libras de renta.

En cuanto a Andrea, comenzó, para darse aires, a reñir a su groom por el hecho de que en lugar de haber venido a recogerle a la escalinata, le hubiese aguardado en la puerta de salida, por lo que se había visto obligado a caminar treinta pasos para llegar al tílburi.

El groom recibió la regañina con humildad y, para sujetar al caballo impaciente y que pateaba el suelo, cogió el bocado con la mano izquierda y con la derecha tendió las riendas a Andrea, que las cogió y puso ligeramente la bota acharolada en el estribo.

En ese momento, una mano se apoyó en su hombro. El joven se dio la vuelta, pensando que Danglars o Montecristo habían olvidado decirle algo y que lo habían recordado antes de que se marchara.



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