El Conde de Montecristo

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Y una cosa, sobre todo, aumentó la consideración, diríamos casi la veneración de Danglars por Cavalcanti. Este, fiel al principio de Horacio: nil admirari, se había contentado, como hemos visto, en dar prueba de su ciencia diciendo de qué lago venían las mejores lampreas. Después, había comido su parte del pescado sin decir una palabra. Danglars concluyó entonces que esa clase de suntuosidades eran familiares al ilustre descendiente de los Cavalcanti, quien, probablemente se alimentaba, en Lucca, de truchas que se hacía traer de Suiza, y de langostas que le enviaban desde Bretaña, por procedimientos similares a los que el conde había utilizado para traer las lampreas del lago Fusaro y los esturiones del río Volga. Así pues, acogió con una benevolencia bien marcada estas palabras de Cavalcanti:

—Mañana, señor, tendré el honor de hacerle una visita de negocios.

—Y yo, señor —había respondido Danglars—, estaré encantado de recibirle.

Tras lo cual había propuesto a Cavalcanti, en el caso de que eso no le privara demasiado de estar junto a su hijo, llevarle al Hotel des Princes.

Cavalcanti respondió que desde hacía tiempo su hijo tenía la costumbre de hacer vida de soltero, y que, en consecuencia, tenía sus caballos y sus vehículos propios, y que, al no haber venido juntos, no veía ninguna dificultad a que se marchasen también separadamente.


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