El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Escena conyugal
En la plaza Louis XV, los tres jóvenes se separaron; es decir, que Morrel cogió los bulevares, Château-Renaud el puente de la Révolution, y Debray continuó por la orilla del río.
Morrel y Château-Renaud, con toda probabilidad, volvieron a sus hogares domésticos, como se dice todavía en la tribuna de la Cámara en los discursos bien hechos y en el teatro de la calle Richelieu, en las obras bien escritas, pero no fue así para Debray. Llegado a la entrada del Louvre, giró a la izquierda, atravesó el Carrousel al trote, enfiló la calle Saint-Roch, cruzó por la calle de la Michodière y llegó delante de la puerta del señor Danglars, en el momento en el que el landó del señor de Villefort, después de haberle dejado, a él y a su mujer, en el Faubourg Saint-Honoré, se paraba también para dejar a la baronesa en casa.
Debray, como habitual de la casa, entró el primero en el patio, tiró la brida a un palafrenero, y volvió a la puerta de entrada para recibir a la señora Danglars, a la que ofreció el brazo para subir a sus aposentos.
Una vez que cerraron la puerta, y que la baronesa y Danglars se encontraban en el patio:
—¿Pero, qué le ocurre, Hermine? —dijo Debray—. ¿Por qué le ha sentado tan mal esa historia o, más bien, esa fábula que nos contó el conde?