El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Porque estaba muy indispuesta esta tarde, amigo mío —respondió la baronesa.

—No, Hermine —repuso Debray—, no me hará usted creer eso. Al contrario, estaba usted en excelente disposición cuando llegó a casa del conde. El señor Danglars estaba un poco malhumorado, es cierto, pero ya sé el caso que usted hace a su mal humor. Alguien le ha hecho a usted algo. Cuéntemelo; usted sabe que no consentiré ni la más mínima impertinencia que le hagan.

—Se equivoca, Lucien, se lo aseguro —repuso la señora Danglars—, las cosas son como le he dicho, aparte del mal humor del que usted se ha dado cuenta, y del que juzgué que no merecía la pena hablarle.

Era evidente que la señora Danglars estaba bajo la influencia de una de esas irritaciones nerviosas de las que las mujeres ni siquiera son conscientes ellas mismas, o que, como había adivinado Debray, sufría una conmoción oculta que no quería confesar a nadie. Como hombre habituado a reconocer esos humores como uno de los elementos de la condición femenina, no insistió más, esperando el momento oportuno de una nueva interrogación o de una confesión motu proprio.

En la puerta de su cuarto, la baronesa se encontró a la señorita Cornélie.

La señorita Cornélie era la doncella de confianza de la baronesa.


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