El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿No sería con la señorita Danglars, supongo? ¿No querrá usted atar a ese pobre Andrea en lugar de Albert?

—¿Albert? —dijo Danglars encogiéndose de hombros—. ¡Ah! Vaya, pues sí que le preocupa mucho a ese.

—Pero está prometido a su hija, creo.

—Es decir, que el señor de Morcerf y yo hemos hablado alguna vez de matrimonio; pero la señora de Morcerf y Albert…

—¿No va usted a decirme que Albert no es un buen partido?

—¡Eh!, ¡eh! ¡Que la señorita Danglars vale tanto como el señor de Morcerf, me parece!

—La dote de la señorita Danglars será estupenda, en efecto, no lo dudo, sobre todo si el telégrafo no le vuelve a jugar una mala pasada.

—¡Oh! No se trata sólo de la dote. Pero, dígame, a propósito…

—¿Qué?

—¿Por qué no invitó usted a Morcerf y a su familia a su cena?

—Lo hice, pero Albert objetó un viaje a Dieppe con la señora de Morcerf, a quien le habían recomendado la brisa del mar.

—Sí, sí —dijo Danglars riendo—, eso le hará bien.


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