El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Y eso por qué?

—Porque es el aire que respiraba en su juventud.

Montecristo dejó pasar la ingeniosa frase sin parecer prestar atención.

—Pero, en fin —dijo el conde—, si Albert no es tan rico como la señorita Danglars, no podrá usted negar que lleva un hermoso nombre.

—De acuerdo, pero a mí me gusta también el mío —dijo Danglars.

—Ciertamente el nombre de usted es popular, y se ha adornado con el título que ha creído justo; pero usted es un hombre demasiado inteligente como para no darse cuenta de que, según ciertos prejuicios, demasiado poderosamente enraizados como para que se los extirpe, la nobleza de cinco siglos vale más que la nobleza de veinte años.

—Y por eso justamente —dijo Danglars, con una sonrisa que intentaba ser sardónica—, por eso preferiría al señor Andrea Cavalcanti que al señor Albert de Morcerf.

—Pero, sin embargo —dijo Montecristo—, supongo que los Morcerf no son menos que los Cavalcanti.

—Los Morcerf… mire, mi querido conde —repuso Danglars—, es usted un hombre cortés, ¿no es así?

—Eso creo.

—Y además, un entendido en blasones, ¿no?

—Un poco.


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