El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Y bien, mire el color del mío; es un color más sólido que el del blasón de Morcerf.
—¿Y eso por qué?
—Porque yo, si no soy barón de nacimiento, al menos me sigo llamando Danglars.
—¿Y?
—Mientras que él no se llama Morcerf.
—¿Cómo que no se llama Morcerf?
—En absoluto.
—¡Vamos, hombre!
—A mí me hicieron barón, de modo que lo soy; él, él se hizo él solo, de manera que no lo es.
—Imposible.
—Escuche, mi querido conde —continuó Danglars—, el señor de Morcerf es amigo mío, o más bien conocido mío desde hace treinta años; yo, usted sabe que yo hago buen negocio con mis blasones, dado que nunca he olvidado de dónde vengo.
—Eso es prueba de una gran humildad o de un gran orgullo —dijo Montecristo.
—Y bien, cuando yo era un pequeño empleado de comercio, Morcerf era un simple pescador.
—¿Y entonces se llamaba?
—Fernand.
—¿Fernand sin más?
—Fernand Mondego.
—¿Está usted seguro?