El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Le hicieron bajar quince escalones y abrieron la puerta de un calabozo, en el que entró murmurando:
—Tiene razón, hay que poner a los locos con los locos.
La puerta se cerró de nuevo y Dantès caminó hacia adelante con las manos extendidas hasta que sintió la pared; entonces se sentó en un rincón y se quedó inmóvil mientras que sus ojos, habituándose poco a poco a la oscuridad, comenzaban a distinguir los objetos.
El carcelero tenía razón, muy poco faltaba para que Dantès se volviera loco.