El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Somos amigos, ¿no es as� —dijo.
—¡Oh! Su amigo, señora; no tengo tal pretensión —dijo el conde—; pero, en todo caso, soy su más humilde servidor.
La condesa partió con una indecible angustia y, antes de que hubiera dado diez pasos, el conde la vio llevarse el pañuelo a los ojos.
—¿Es que no están ustedes de acuerdo, mi madre y usted? —preguntó Albert asombrado.
—Al contrario —respondió el conde—, puesto que acaba de decirme, delante de usted, que somos amigos.
Y ambos entraron en el salón que acababan de dejar Valentine y los señores de Villefort.
Ni qué decir tiene que Morrel salió tras ellos.