El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La señora de Saint-Méran
En efecto, una lúgubre escena acababa de tener lugar en la casa del señor de Villefort.
Después de que las dos señoras hubieran salido para ir al baile, al que todas las instancias de la señora de Villefort no habían podido determinar a su marido a acompañarla, el fiscal, según su costumbre, se había encerrado en su gabinete con una pila de expedientes que hubiesen asustado a cualquier otro, pero que en los tiempos ordinarios de su vida apenas si bastaban para satisfacer su robusto apetito de trabajo.
Pero esta vez, los dosieres eran sólo un asunto de forma. Villefort no se encerraba para trabajar en ellos, sino para reflexionar; y una vez cerrada la puerta, con la orden dada de que no le molestasen a no ser que fuera para algo importante, se sentó en el sillón y se puso a repasar en su memoria, una vez más, todo lo que desde hacía siete u ocho días desbordaba la copa de sus sombríos tormentos y de sus amargos recuerdos.
