El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Sin ninguna duda; excúseme ante la marquesa, ¿no?, ante la señorita de Saint-Méran a la que tengo que dejar en un dÃa como este, sintiéndolo profundamente.
—Ambas estarán en este gabinete y podrá usted despedirse de ellas.
—Cien veces gracias; ocúpese de mi carta.
El marqués llamó; un lacayo vino.
—Diga al conde de Salvieux que le espero… ¡Váyase ya! —continuó el marqués dirigiéndose a Villefort.
—Bueno, no hago más que ir y venir.
Y Villefort salió corriendo; pero, en la puerta, pensó que un sustituto del fiscal del rey que fuera visto caminando con pasos precipitados podrÃa turbar el reposo de toda una ciudad; retomó, pues, su andar de siempre, que era completamente magistral.
A la puerta de su casa vio en las sombras a un fantasma blanco que le esperaba de pie e inmóvil.
Era la guapa muchacha catalana que, al no tener noticias de Edmond, se habÃa escapado al caer la noche del Pharo para venir a enterarse por sà misma de la causa del arresto de su prometido.