El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Pero yo no me atrevo a escribir así a Su Majestad.

—Pero no le pido que la escriba usted, le pido que se la encargue al señor de Salvieux. Es preciso que me dé una carta para que yo pueda acercarme a Su Majestad sin verme sometido a las formalidades de petición de audiencia, que pueden hacerme perder un tiempo precioso.

—¿Pero no tiene usted al ministro de Justicia, que tiene entrada libre en las Tullerías, y a través del cual usted podrá, de día o de noche, llegar hasta el rey?

—Sí, sin duda, pero es inútil que comparta con otro el mérito de la noticia que le llevo. ¿Comprende usted? El ministro de Justicia me relegaría con toda naturalidad a un segundo plano y se llevaría él todo el beneficio del asunto. Sólo le digo una cosa, marqués: mi carrera está asegurada si llego el primero a las Tullerías, pues habré prestado al rey un servicio que no le estará permitido olvidar.

—En ese caso, querido amigo, vaya a hacer su equipaje; yo, yo llamo a de Salvieux y le digo que escriba la carta que pueda servirle a usted de salvoconducto.

—Bien, no pierda tiempo, pues dentro de un cuarto de hora tengo que estar en la silla de posta.

—Traiga el coche delante de la puerta.


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