El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Usted tiene un corazón demasiado noble como para no comprenderme, y me comprende usted tan bien, querido Maximilien, que le he reducido al silencio. ¡Luchar, yo! ¡Dios me libre! No, no; guardo todas mis fuerzas para luchar contra mí misma y para beber mis lágrimas, como usted dice. En cuanto a afligir a mi padre, en cuanto a turbar los últimos momentos de mi abuela, ¡nunca!

—Tiene razón —dijo flemáticamente Morrel.

—¡De qué manera me dice eso, Dios mío! —exclamó Valentine herida.

—Le digo eso como hombre que la admira, señorita —repuso Maximilien.

—¡Señorita! —exclamó Valentine—, ¡señorita! ¡Oh! ¡El egoísta! Me ve desesperada y finge no comprender.

—Se equivoca, la comprendo perfectamente, al contrario. Usted no quiere contrariar al señor de Villefort, usted no quiere desobedecer a la marquesa, y mañana firmará el contrato que la unirá a su marido.

—Pero, ¡Dios mío! ¿Es que puedo hacer otra cosa?

—No tiene que preguntarme a mí, señorita, pues soy un mal juez en esta causa, y mi egoísmo me cegará —respondió Morrel, cuya voz sorda y los puños apretados anunciaban una creciente exasperación.


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