El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Escuche —prosiguió Morrel—, no es la primera vez que piensa en que esta situación iba a producirse: es grave, es importante, es suprema. No creo que sea el momento de abandonarse a un dolor estéril: eso es bueno para los que quieren sufrir a gusto y beber sus lágrimas a placer. Hay gente asÃ, y sin duda Dios se lo tendrá en cuenta en el cielo por su resignación en la tierra, pero quien tiene la voluntad de luchar no pierde un tiempo precioso y entrega inmediatamente a la suerte el golpe recibido. ¿Tiene la voluntad de luchar contra la mala suerte, Valentine? DÃgamelo, pues eso es lo que le vengo a preguntar.
Valentine temblaba y miraba a Morrel con ojos asustados. Esa idea de oponer resistencia a su padre, a su abuela, a toda su familia, en fin, ni siquiera se le habÃa ocurrido.
—¿Qué me dice, Maximilien? —preguntó Valentine—. ¿A qué llama lucha? ¡Oh! Diga más bien sacrilegio. ¡Cómo! Yo lucharÃa contra la orden de mi padre, contra el deseo de mi abuela moribunda, ¡es imposible!
Morrel hizo un movimiento.