El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Yo estaba en casa del conde de Montecristo hace una hora —dijo Morrel—; estábamos charlando, él del dolor de la casa de usted, y yo, de su dolor, Valentine, cuando de repente llegó un coche al patio. Escuche, hasta ahora yo no creía en los presentimientos, Valentine, pero ahora no tengo más remedio que creer en ellos. Al oír ese coche, me estremecí, enseguida oí pasos en la escalera. Los sonoros pasos del Comendador no espantaron más a don Juan que lo que me espantaron esos pasos a mí mismo. Finalmente se abrió la puerta, Albert de Morcerf entró el primero, y yo iba a dudar de mí mismo, iba a creer que me habían engañado mis propios presentimientos, cuando detrás de él veo a otro joven, y que el conde exclama: «¡Ah! ¡El señor barón Franz d’Épinay!». Me fue necesario el acopio de todas mis fuerzas y de todo el valor de mi corazón para contenerme. Quizá palidecí, quizá temblé, pero lo que es seguro es que permanecí con la sonrisa en los labios. Pero cinco minutos después, salí sin haber oído ni una sola palabra de lo que se dijo en esos cinco minutos; estaba anonadado.

—¡Pobre Maximilien! —murmuró Valentine.

—Aquí estoy, Valentine. Veamos, ahora, respóndame como a un hombre a quien la respuesta de usted va a darle la muerte o la vida. ¿Qué cuenta hacer usted?

Valentine bajó la cabeza; estaba hundida.


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