El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Es lo que voy a hacer, Albert me acompaña; ahora, ¿es preciso seguir con las gestiones ante su padre?
—Más que nunca.
—Bien.
El conde hizo una señal a Albert.
Ambos saludaron a las damas y salieron: Albert con aire de la mayor indiferencia por el desprecio de la señorita Danglars; Montecristo reiterando a la señora Danglars sus consejos sobre la prudencia que debe tener la mujer de un banquero para asegurarse su porvenir.
El señor Cavalcanti se quedó dueño y señor del campo de batalla.