El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo LXXVII

Haydée

Apenas los caballos del conde habían dado la vuelta a la esquina del bulevar, cuando Albert se volvió hacia el conde y estalló en una carcajada demasiado ruidosa como para que no fuera un poco forzada.

—Y bien —le dijo—, le preguntaré, como el rey Carlos IX preguntó a Catalina de Médicis después de la noche de San Bartolomé: «¿qué tal he representado mi papel?».

—¿En relación con qué? —preguntó Montecristo.

—Pues en relación con la instalación de mi rival en casa del señor Danglars.

—¿Qué rival?

—¡Pardiez! ¿Qué rival? Pues su protegido, ¡el señor Andrea Cavalcanti!

—¡Oh! Nada de bromas pesadas, vizconde; yo no protejo en absoluto al señor Andrea, al menos, no ante el señor Danglars.

—Pues es el reproche que yo le haría si el joven necesitase protección. Pero, felizmente para mí, no la necesita.

—¡Cómo! ¿Cree usted que está haciendo la corte?


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