El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Se rasca? —preguntó el duque—. ¿Qué quiere decir Vuestra Majestad?

—Pues sí, mi querido duque; ¿olvida usted que ese gran hombre, ese héroe, ese semidiós está aquejado de una enfermedad de la piel que le devora, prurigo, creo?

—Hay más, señor duque —continuó el ministro de la Policía—, estamos casi seguros de que, en poco tiempo, el usurpador estará loco.

—¿Loco?

—Loco de atar; su cabeza se debilita, de pronto llora a lágrima viva, o ríe a mandíbula batiente; otras veces se pasa horas a la orilla del mar tirando cantos al agua, y cuando la piedra hace cinco o seis rebotes, parece tan satisfecho como si hubiera ganado otro Marengo, o un nuevo Austerlitz. Ya ve, convendrá conmigo que son síntomas de locura.

—O de sabiduría, señor barón, o de sabiduría —dijo Luis XVIII riendo—: tirando cantos rodados al mar era como se recreaban los grandes capitanes de la Antigüedad; lean a Plutarco, en la vida de Escipión el Africano.

El señor de Blacas se quedó pensativo en medio de estas dos despreocupaciones. Villefort, que no había querido decirle todo para que otro no le quitase el entero beneficio de su secreto, le había dicho suficiente, sin embargo, como para causarle graves inquietudes.


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