El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ, Sire, el señor barón Dandré —repuso el ujier.
—Llega usted a tiempo, barón —dijo Luis XVIII con una imperceptible sonrisa—; pase, barón, y cuente al duque lo más reciente que usted sabe sobre el señor de Bonaparte. No me esconda nada de la situación, por muy grave que sea. Veamos, ¿la isla de Elba es un volcán y vamos a ver surgir de él a la guerra en llamas y toda erizada: bella, horrida bella?
El señor Dandré se balanceó muy graciosamente sobre el respaldo de un sillón en el que habÃa apoyado las dos manos, y dijo:
—¿Vuestra Majestad ha tenido a bien consultar el informe de ayer?
—SÃ, sÃ; pero dÃgale al duque mismo, que no acaba de encontrar ese informe, lo que contenÃa; detálleme lo que hace el usurpador en su isla.
—Señor —dijo el barón al duque—, «todos los servidores de Su Majestad deben aplaudirse por las noticias recientes que nos llegan de la isla de Elba. Bonaparte…».
El señor Dandré miró a Luis XVIII que, ocupado en escribir una nota, ni siquiera levantó la cabeza.
—«Bonaparte —continuó el barón—, se aburre mortalmente; se pasa dÃas enteros viendo trabajar a sus mineros de Porto-Longone.»
—Y se rasca para distraerse —dijo el rey.